
Claudio Belocopitt, contador público de profesión, es
presidente y accionista mayoritario (dueño del 76%) de
Swiss Medical Group (SMG), empresa dedicada a la
prestación privada de salud y a los seguros. En 2006
la compañía facturó US$ 400 millones e invirtió US$
40 millones en infraestructura. Además de la salud y
los seguros, Belocopitt tiene inversiones en medios de
comunicación y en el deporte. Es dueño del 50% de la
emisora Radio Del Plata. Entrevista para la Decima encuesta
anual de CEOs de PricewaterhouseCoopers.
Fusiones y adquisiciones
en el exterior
Su grupo compró una empresa de medicina prepaga en
Uruguay. ¿Tienen previsto seguir expandiéndose fuera de la
Argentina?
Hicimos una compra, estamos muy satisfechos y nos encantaría
expandirnos en la región. Por el momento estamos sumamente
concentrados en la Argentina.
¿Tiene interés en comprar empresas en otros países de América
Latina?
Sí, en Chile estuvimos en reuniones estudiando empresas del
sector de la salud. Creemos que si se entra a un mercado maduro y
desarrollado como el chileno, es posible dar impulso a la operación
de la Argentina. Tener esa plataforma hace posible ganar acceso al
financiamiento internacional. Ese proyecto nos interesa y podríamos
concretarlo comprando una empresa de medicina prepaga o una
compañía de seguros.
¿Cuáles son las principales ventajas de ser una gran empresa
latina?
Creo que la Argentina está marcada, lamentablemente, por ser un
mercado para empresarios argentinos. Estamos acostumbrados
a lidiar con situaciones imposibles de explicar a los inversores
internacionales. El empresario argentino tiene la capacidad de
aceptar lo inaceptable y de moverse en ámbitos que resultan
imposibles para los inversores extranjeros. Esto nos permitió crecer
como crecimos en los últimos años.
¿Qué ventajas tiene un empresario argentino sobre los
extranjeros?
La ventaja fundamental es la adaptabilidad a un medio que es
complejo y que requiere de habilidades especiales. Ser empresario
aquí es una tarea artesanal, y manejar esas habilidades especiales
es una ventaja.
Desde 2001 a la fecha, se puede ver cómo ha sido el desarrollo
de las empresas argentinas y de las empresas extranjeras. La
diferencia -favorable a las firmas argentinas- es abismal, producto de
su adaptabilidad a un medio inestable y complejo. Es algo que yo no
celebro, porque en el largo plazo es malo, tanto para los empresarios
locales como para el país.
¿Le parece una tendencia sin retorno?
No lo creo. Cuando podamos sostener a lo largo del tiempo una
política y unos objetivos claros para el país, esta situación va a
cambiar. Sin embargo, ahora hace falta una gran adaptabilidad a
escenarios muy cambiantes.
¿Estos factores de inestabilidad son políticos, económicos, o
de los dos tipos?
Son exclusivamente políticos, porque desde allí se generan las
consecuencias económicas. Cuando aquí cambia un gobierno
cambian también todas las reglas de juego. La previsibilidad no
existe.
Integración regional
¿Las dificultades que usted menciona se repiten en otros
países?
No. Miremos a Brasil y a Uruguay y se advierten diferencias. Ni
siquiera hay que mirar a Chile, país con el cual las diferencias ya son
siderales. Lo de la Argentina es un fenómeno particular y exclusivo
del país.
¿Cuál es la manera de hacer negocios en el país?
No hay alternativa de éxito en la Argentina si no se cuenta con
gerencia local.
Las multilatinas que lograron internacionalizarse, como
la fabricante de golosinas argentina Arcor, ¿resultan una
excepción?
Arcor es especial. La compañía aprovechó todas las oportunidades
que tenía para desarrollarse internacionalmente. Logró que su
operación no dependa exclusivamente de la Argentina. Hay
productos con los que se puede sacar la producción fuera del
país, lejos del alcance de las regulaciones locales. Pero si las
circunstancias de la empresa están atadas a la suerte local, resulta
muy difícil desarrollarse.
Globalización y gestión de la
cadena de valor
¿Hay oportunidades para que algún sector económico de
América Latina se convierta en un gran tercerizador?
En la Argentina se está incentivando la industria del software
con exenciones impositivas. Existen grandes posibilidades, y se
ampliarían si se implementase una política laboral con todos los
requisitos necesarios para flexibilizar el mercado.
Viendo a América Latina como una gran región económica,
¿dónde está el futuro? ¿En la exportación de materias primas?
¿En apostar por ser un centro de tercerización mundial?...
La exportación de commodities es una actividad que se mantendrá
por mucho tiempo en América Latina. Creo que debemos ir hacia
una industrialización de nuestros países, porque de esa manera se
aporta valor agregado a la producción y pueden generarse mayores
ingresos. Se debe esperar a que pase toda esta “revolución política”,
esta tendencia al populismo que se ha gestado en la región y que no
ayuda a ir en la dirección correcta ni a emprender las reformas de
fondo necesarias.
En el largo plazo soy optimista. Creo que habrá una solución porque
hay ciertas reglas que deben cumplirse. Observar el nivel de vida de
los habitantes de los países de otras regiones del mundo alcanza
para entender que hay que emprender cambios para lograr mejorar
la calidad de vida de la gente. No hay secretos. Una mejor calidad
de vida se logra aplicando políticas buenas y consistentes a lo largo
del tiempo. En América Latina, Chile es un claro ejemplo de que los
cambios positivos son posibles y dan excelentes resultados.
Asuntos regionales
Para lograr la integración comercial, ¿es más viable el
intercambio entre bloques regionales o las relaciones
bilaterales entre los países negociando por separado?
En América Latina aún falta madurez política para lograr grandes
acuerdos regionales que funcionen. El Mercosur, por ejemplo, está
naufragando ahora por un conflicto impensado entre la Argentina y
Uruguay por la instalación de dos plantas de celulosa en este último
país. Si la alianza dentro del bloque falla en algo tan pequeño, es
imposible pensar en una integración a gran escala, en la que se
analice utilizar una moneda única o en condiciones de flexibilización
laboral comunes a todos los países del Mercosur. Por el momento, lo
único que funciona es negociar acuerdos bilaterales.
Aún con esas dificultades, ¿es posible la integración regional?
Sí, es posible. Europa comenzó su integración partiendo de una
base mucho más heterogénea, devastada por dos guerras, con
diferencias culturales muy importantes y con una extensión acotada
de territorio. Y a pesar de todo logró conformar la Unión Europea.
América Latina, que no ha tenido esas guerras ni tiene tantas
diferencias culturales, puede hacerlo perfectamente.
¿Qué medida sería necesaria para poner en marcha la
integración?
Hay que tener y aplicar reglas claras. Luego se trata de liberar el
mercado para todos los productos: que reine la libre competencia.
Otra cuestión necesaria para la integración es fijar un conjunto
de variables económicas comunes que deben funcionar
armónicamente. Por ejemplo, si no es posible crear una moneda
regional, deberían establecerse ciertos parámetros para la flotación
de las monedas y lograr que todos los países los respeten. Así, el
mercado se hará transparente y ganará el que sea mejor vendedor.
Los empresarios de varios sectores protegidos por aranceles o
subsidios no estarán de acuerdo con usted.
Por supuesto, eso pasa hoy. Pero si las condiciones dentro de un
bloque regional son parejas para todos en tipo de cambio y costos
no hace falta ninguna protección o subsidio. A lo sumo se trata de
una cuestión de productividad, quien vea caer sus ganancias tendrá
que hacerse más eficiente.
Los empresarios identifican como trabas para las inversiones
los problemas de infraestructura, corrupción y falta de
transparencia en América Latina. ¿Hay una manera de atacar
estos problemas?
La corrupción y la falta de transparencia son problemas de América
Latina en general. Creo que para atacarlos es indispensable que
cada país defina un rumbo y lo siga sin hacer cambios ni desvíos
a mitad de camino. De esa manera, con un rumbo firme y reglas
claras, se hará más difícil -casi imposible- que haya lugar para
prácticas corruptas o falta de transparencia.
¿La estabilidad jurídica es la clave, entonces?
Claro. El caso de la infraestructura argentina es un buen ejemplo.
En los últimos años el país venía equipándose muy bien hasta que
llegó el default y la devaluación de 2001, que hizo que el tipo de
cambio se disparara. Los costos de infraestructura se triplicaron.
Los grandes generadores de inversión en infraestructura sufrieron
un congelamiento en las tarifas por sus servicios y, obviamente,
no invirtieron más. Se acabó la infraestructura. El mercado se
distorsionó de tal manera, que ahora nos encontramos con que el
gobierno fija precios máximos para algunos productos.
En conclusión, creo que se trata de fijar reglas de juego y
comunicarlas claramente a la sociedad con gran transparencia,
mostrándole que hay un rumbo y un objetivo. Cualquier país
que tome este tipo de decisiones tendrá un vuelco favorable
sorprendente.